No somos las primeras personas en darnos cuenta de los problemas que genera el plástico. De hecho, es un placer sumarnos a tantas otras que promueven iniciativas con valores similares.

La primera iniciativa que os presentamos en este blog es probablemente una de las más conocidas: la de Sandra Krautwaschl, una fisioterapeuta que vive con su familia cerca de la ciudad austriaca de Grazy (www.keinheimfuerplastik.at).

Un viaje familiar a Croacia en el verano de 2009 supuso el punto de inflexión en la vida de Sandra. Sus tres criaturas le preguntaban continuamente sobre el origen de toda la basura de plástico que flotaba en el mar y se acumulaba en la orilla así que, de vuelta a casa, comenzó a informarse. Se topó con “Plastic Planet”, documental escrito y dirigido por Werner Boote, que expone los peligros del plástico. Una de las mayores alertas es por ejemplo, que en el océano ya hay más partículas de plástico que plancton.

Tras ver el documental, convenció a su familia para sacar al jardín todos los objetos de plástico de su hogar: juguetes, tupperwares, muebles de jardín, incluso ropa; objetos tan presentes y habituales en sus vidas que se habían convertido en invisibles. Les retó a vivir sin plástico durante un mes, experiencia que compartirían en un blog como diario de a bordo.

Rápidamente se dieron cuenta de que su proyecto no podía durar solo un mes porque no era cuestión de tirar todo a la basura y buscar alternativas en el supermercado, sino de iniciar un cambio progresivo. Sandra reconoce que: “al principio cuesta, supongo que es como vivir sin televisión, pero, cuando te acostumbras a estos nuevos hábitos, tu calidad de vida mejora ostensiblemente”.

A raíz de todo esto, Sandra ha publicado su libro “Plastikfreie Zone” (“Zona libre de plástico”, en alemán). Asegura que no es cuestión de perder calidad de vida, sino de comprar de manera más consciente. Menos productos pero de mayor calidad. La industria del plástico se basa precisamente en lo opuesto, poder comprar mucho a costa de la calidad.

Sandra asegura que ella y su familia son personas flexibles que se adaptan a cada situación; en ningún caso se consideran unos activistas contra el plástico, sino contra su derroche. “Es muy importante no imponerse prohibiciones absolutas ni volverse un radical, porque no se puede motivar a otros si uno se vuelve extremista”, afirma.